Empiezan las clases en la universidad. Son las 5 de la tarde. Ahora yo debería de estar ahí, calentando una carpeta, atento a las empalagosas palabras del profesor más aburrido en toda la historia, pero la verdad es que prefiero refugiarme en mi casa. Chatear, escribir, despabilarme, como el lobo estepario tacneño que soy.Mañana tengo un examen, pero me da flojera estudiar esta noche. Estudiaré mañana temprano. No es que tenga el virus de la holgazanería ni que tenga arduo trabajo esta noche, menos una cita escondida (ya quisiera). Sucede que puedo adivinar el mañana, la patética escena del examen: varios compañeros de clase cometerán fraude (tendrán las carpetas y las manos rayadas con lapicero o microscópicos resúmenes de los temas que entrarán al examen).
Este profesor ya es conocido, él mismo se marea con todas las cantinfladas que dice. Sus palabras detonan como una bomba somnífera en toda la clase. Oír bostezos y ver cabezas apoyadas en la carpeta, no es novedad. Más de una vez me uní al coro de bostezos y al ejército de las cabezas dormidas, ya en clase, cuando el profesor, de rostro apayasado y fatigado, comprende que no asombra a sus estudiantes. Se rinde. Me da pena, pena por él y por nosotros mismos (que luchamos por imaginar que sus clases son interesantes, pero sólo conseguimos bostezar más). Él deja que el fraude en el examen siga, que los susurros salten de oreja a oreja, que todos aprueben; casi con la misma nota de los pocos que en verdad estudiamos. Así que, en honor a lo práctico que suelo ser: estudiaré lo básico y, cuando tenga alguna duda en el examen, me bastará utilizar mis perrunas orejas como radares para detectar las susurradas respuestas que se pasen en el aire de la clase.
Ya son las seis de la noche, 30 de septiembre. Hay una tenue neblina en Tacna (ya parezco hombre del tiempo al decir estas cosas). No me dan ganas de vagabundear ni de encerrarme en mi biblioteca. La computadora me seduce con su You Tube, con su Wikipedia y con el MSN.
Luego, vuelvo a pensar en mi salón de clases. Llegará el esperado fin de año, y mis compañeros dirán que la universidad les enseñó poco, que no aprendieron nada genial. Entonces, yo replicaré con voz paladina lo que les digo desde hace 4 años:
-Pero si tú no estudiabas para los exámenes. ¿De qué te quejas, eh?
Luego me dirán que tenían arduo trabajo (cada fin de semana se reúnen a alcoholizarse hasta las últimas consecuencias), que eran muchas separatas para estudiar (ni siquiera leyeron el título, eh) y claro, algunos sí tendrán una poderosa razón sentimental para justificarse: mi pareja quería pasar esa noche junto a mí.
Como sea, vamos mal, muy mal, en ese sentido (con la nasal voz grabada de Fujimori). Esa es una de las razones por las que hoy no me da ganas de ir a clases ni de escuchar las redundantes y predecibles palabras del susodicho profesor. Claro, hay pocos, muy pocos profesores que sí dominan su materia, escriben libros y tienen el don pedagógico que me empuja a admirarlos, a pedirles consejos y a hablarles de literatura y psicología (leí una ruma de libros de esos dos temas). Entonces, así pude entablar una anhelada relación personal con profesores reconocidos por su talle intelectual en Tacna: Livio Gómez, Enrique Azócar, César Quispe, Edilberto Cabrera , Luis Alberto Calderón. Lo malo es que ninguno de los antedichos enseña periodismo en mi facultad. Hay profesores de Lengua y Literatura, un psicólogo, un abogado y un profesor de Ciencias Sociales. Pero ninguno es un periodista oleado, sacramentado y titulado.
La verdad es que ahí tengo la nómina para empezar a buscar mi guía. Tal vez halle uno, tal vez dos. La duda me inquieta, persiste. Es casi increíble notar cómo las letras nos acercaron, nos hermanaron. Un café, un helado, un chifa, un libro, ensanchan la amistad.
Ahora me divierto. Veo una pelea: Homero Simpson versus Pedro Picapiedra. ¿Quién ganará?