
Espero que todos pasen bien este fin de semana. Si salen a pasear o a discotecas con sus amigos más entrañables, diviértanse a más no poder, enloquezcan de alegría hasta llegar al sublime estado en que las mandíbulas les duelan de tanto sonreír. Si toman, tomen con muchas ganas pero sin tumbarse hasta perder la razón. Tomen con el estómago lleno (cena o almuerzo en proceso); caso contrario, sus tripas se irritarán tanto como las mías estuvieron hace un tiempo: A punto de colapsar.
Este sábado seré un espartano, toda la mañana me internaré en el gimnasio. Correré media hora en la faja trotadora. Correré media hora en la bicicleta estacionaria SPINNING III. Haré varias series de pesas hasta que el sudor me inunde y me relajaré en la ducha hasta que los ojos se me cierren al sentir un placer similar al del recién nacido. Good-bye, toxinas que se me acumularon esta semana de tanto estudiar para los exámenes memoriosos.
En la tarde quiero pasear al aire libre, caminar con la silenciosa compañía de mi sombra en un parque, comprarme un helado, comprar algo de ropa y pósters de rock-stars que pegar las paredes de mi habitación. Quiero ver si puedo encontrarme con una amiga que hace meses no visito: Laura. Es muy graciosa, simpática y hasta podemos pasarnos hooooras hablando de nuestras vidas (como si fuéramos dos rejuvenecidas viejas chismosas) . Al rato, le haré una llamada a su celular.
-¡Hola, Laura!
El domingo seguiré dándole personalizadas clases de Internet a mi padre, para actualizarlo, para que por fin él pueda tener su e-mail y sepa moverse en la computarizada onda del siglo XXI. (Eh, papá, este domingo leeremos juntos mi blog. Tu tarea: escribirás un comentario a este post).
La noche dominguera será dedicada a leer hasta la amanecida una novela que me recomendó hace un tiempo una amiga bloguer: LA LUNA ROJA, de LUIS LEANTE. Además, por cuenta propia, adquirí la amazónica novela EL PRÍNCIPE DE LOS CAIMANES, de SANTIAGO RONCAGLIOLO. Los compré hace una hora en el centro de la ciudad. Justo ahora los tengo en la mochila y ya ardo en ganas de recorrer, hasta sonámbulas horas de la noche, todas las páginas que pueda. Leer es volver a vivir, vivir un mundo paralelo y sin riesgo mayor que las letras crudas y al rojo vivo.
Hasta pronto, un acaramelado abrazo a todos mis amigos comentaristas (hay otros que visitan este blog pero que no dejan ni una palabra: ya, caramba, siquiera pongan una “A”).