
- Hay, comadre, no sabes. Para encontrar a mi príncipe azul tuve que besar a varios sapos –se llevaba una mano a la frente, en signo de sufrimiento.
- Bien por usted, comadre. Yo hasta ahora creo que sigo besando a un sapo.
-Pero usted ya está casada con el compadre Lucho.
-Es que el sapo se había puesto piel de príncipe.
***
Llego a la universidad, ni bien me instalo con un libro a leer en la carpeta, por la puerta del salón entra mi amigo y me pregunta del sueño que le conté, hace unas horas, vía chat.
-Gran sueño, ah. ¿Quieres casarte, men?
-No, por ahora no -le digo, suavemente, metiendo el libro en la mochila.
-¿Ni a balas, Rogger?
- Ni así, brother.
Seguramente mi amigo pensará que me las doy de hombre difícil de atrapar, de marinero con mil amores en mil puertos. No sabe que mi respuesta es honesta, pero en parte. No tengo enamorada, por consiguiente, casarme no está en mi agenda. Aunque quisiera tener las ganas y calendarizarlo.
Ya en casa, muy noche, mis 3 hermanitos están durmiendo porque mañana deben ir temprano a sus colegios. Es medianoche y el sueño del matrimonio de ayer no fue tan cruel como al principio pensé: la chica que se casaba conmigo tenía el rostro cubierto por un blanco velo. Sólo pude ver sus labios carnosos. O sea, no tuve que ilusionarme con que en mi sueño era una chica hermosa; ni tampoco tuve que traumarme con una cara de bruja. Menos mal, parece que Morfeo solo me dio el sueño para hacerme reflexionar sobre el futuro. Mis neuronas procesaron muy poco esa alternativa. Lo que no quiero es ser un otoñal viejo solterón con ínfulas de jovencito.
Mejor me preservo de tal tentación matrimonial, por lo menos por estos momentos. Un cubetazo de agua fría quizá aminore esta fiebre que a ratos me sancocha. Ganas de formalizar una relación, ganas de tener mis propios hijos (practico mucho…cargando a Franco, mi hermanito, de 5 años). Tener un nido familiar es uno de mis sueños más anhelados.

-Sí, acepto.