
Tengo 21 años, todavía no me emancipé de mi casa paternal, casi todo mi dinero lo invierto en libros y ropa. Mi modesta economía se nutre de 3 fuentes. 1) Revisiones ortográficas que efectúo en trabajos monográficos de algunos conocidos de la universidad, 2) Trabajos de medio tiempo (ayudante de oficina, bibliotecas, cajero de restaurante:si hay alguna chambita, no duden en contactarse conmigo.) y 3) Las propinas paternales que recibo quincenalmente. ¿Cómo podría defenderme judicialmente en el caso de que la mencionada universidad privada me demandase? Ya me imagino yo, con traje de cebra, en la prisión; o, en otro caso, siendo deudor de miles de soles, acusado por difamación.
Para ser un héroe periodístico, primero debería de hacerme acreedor de una obesa cuenta bancaria, luego pertenecer a un grupo influyente que apadrine mis atrevimientos revolucionarios. Ahí sumémosle ciertos genes denunciantes, como los tienen César Hildebrandt o Magaly Medina. Pero, caray, a decir verdad, no me gusta enemistarme con medio mundo. Total, no tengo enemigos por ahora.
Teóricamente hablando, varios profesores en la Facultad de Periodismo donde estudio, se pasan diciéndonos que la verdad está antes que todo. Que no hay mejor periodismo que aquel donde caen cabezas importantes y se defiende al pueblo, a capa y espada. Que hay que educar, enseñar a la gente, quiera o no quiera. Que la pirámide invertida predomina casi en todo. Pero no, señores profesores que leen pigmeamente y no abren sus mentes a las ideas nuevas: sepan que hacer periodismo no es sinónimo de guerra sangrienta (como dice la antigua y antigua escuela del periodismo –por cierto, ¿quién tiene la autoridad para dictar las leyes de cómo hacer periodismo?-). ¿Qué haremos, a ver, futuros periodistas, si el pueblo no quiere ser educado con informativos donde los conductores parecen encorbatados androides que leen el teleprompter y no saben llegar al feeling (sentimiento) del público? La respuesta: ser espontáneos, no poner la compungida cara de pacientes con hemorroides frente a la pantalla. Escribir sin claves: que te entienda desde un niño hasta el abuelo.
Párrafo final de este viernes nocturno con un cielo color vino tinto: ninguno de los profesores que me enseñan actualmente en mi Facultad escribió un libro (salvo algunos que no son de la especialidad de Periodismo o Relaciones Públicas). Ni escriben en diarios ni en blogs, ni en revistas. Siento una honda vergüenza ajena. Tocaron fondo, tíos.
