1) Algunas pesadillas.

Ya sea una donde un
comando ruso perfore mi torso con una
metralleta o que
Osama Bin Laden me dé la misión de pilotear un avión que visite a la
Casa Blanca donde vive
Obama (qué contraste más
ajedrecístico-
primera vez que escribo y leo esta palabra-), tuve pesadillas que me causan pavor cada vez que las
repienso. Otra pesadilla fue que una vez estuve
brindando con Bin Laden y Obama, en un bar nocturno y lleno de luces inteligentes; luego aparecían
rollizas bailarinas que a cada meneo de caderas parecían seres de gelatina, acercándose a mí. Muerto de miedo en mi silla, yo me achicaba hasta volverme en un insignificante germen y una de esas fofas sirenas
boludas me abrazaba con todo su adiposo cuerpo. ¡Horror! Me guardaba en su sostén.
2) Quedarme ciego.
Dicen que la ceguera es un mal que ataca a las personas que trabajan en talleres de soldadura y carpintería, así como a los intelectuales que se pasan horas y horas en la biblioteca. Bueno, modestia aparte, creo estar en este último grupo. Leo por lo menos 5 horas diarias (contando paneles publicitarios en la calle y hasta los mensajitos que recibo en el celular). Los lentes de medida (esas lupas que agrandan las letras, recomendado para ancianos y nerds ) son -y fueron- utilizados por los “grandes escritores”. Aunque quizás lo más cercano que yo tenga a ellos, son mis repentinos arranques de bohemia. De copas, vinos, cerveza, comida, parla extendida, posturas vallejianas y borgianas. Solución autorecomendada: dejar de leer tantas horas y comer más zanahorias que conejo hambriento.
3) Ser solterón a los 40 años.
Acaso el peor miedo de todos: soltero es una palabra refrescante -como la lechuga- cuando eres joven. Cuando eres mayor, flamante postulante a la tercera edad, soltero pasa a ser una palabra mal vista, fea, homosexualizadora o frustrante. Te acostumbras a corear la canción "MI SOLEDAD Y YO", de Alejandro Sánz. Por eso, en mis planes, quiero casarme antes de los 30 años. Para luego procrear 2 fuertes críos varones y una linda damita, para coronar la progenie. Así, cuando yo vaya a los parques a alimentar a las palomas y a ver jugar a los niños de otras familias en los columpios (mientras el sol se va, atardece), estaré feliz abrazado a mi esposa y a mis hijos. Felizmente miraré el ocaso del sol.
4) Que Chile y Perú se declaren la guerra.
Aquí ya llegaría el Apocalipsis, el acabóse, el Armagedon, o por lo menos el fallecimiento de mucha gente que aprecio con todo mi corazón tacneño. Vivo en Tacna, ciudad frontera entre Perú y Chile. O sea, las primeras bombas y misilazos, zumbarían por el techo de mi habitación gris (que al primer tiro, se me derrumba, aplastándome). Mis padres, hermanitos y amigos viven cerca. Espero no se repita esa sangrienta página de la historia conflictiva entre Perú y Chile. Es más, soy de la idea de que los peruanos, con el corazón saturado de patriotismo y del pacifismo de Gandhi, para evitar la repetición de la derrota peruana, deberíamos de intentar casarnos con la gente chilena. Al final, no habría guerras. Todo quedaría en familia. O más fácil: pongamos en un ring de Street Fighter al peruanísimo PEZ WEON versus el chilenísimo CONDORITO.
5) Ser estéril.
Ahí sí me jodo de por vida. Me volvería tan avaro y apático, émulo del Sr. Burns de Los Simpson. Claro, la adopción es una solución sana. Pero no es igual, no es igual. Porque yo quiero que cuando el ataúd sea mi hogar, haya por lo menos alguien que lleve mi sangre. Sí, mi sangre. Alguien que vea mis fotos y lea –por lo menos unas líneas- de este carnaval de cosas que escribo. Que honre mi memoria y sepa cuidar la biblioteca que con tanto cariño y esmero implemento en casa. Un(a) hijo(a) que herede y distribuya mi volcánico amor por los gatos y todos los animales no venenosos. Lo peor que me puede suceder orgánicamente es la esterilidad. Cojo, tuerto, canceroso, osteoporoso, tebecino, bulímico, todo puedo soportarlo. Pero ¡¡¡yo quiero tener hijos, mi propio linaje!!!